viernes, 18 de abril de 2014

Loterías y apuestas del estado



Espero en la cola de la administración de lotería para pedir un Euromillón. He cambiado de administración, antes iba a otra donde donde los dependientes eran unos rancios, pero ahora vengo a esta porque la dueña siempre me desea buena suerte al darme el boleto. Sé que también se lo dice a todos, pero a veces uno no necesita que le toque nada sino que alguien le desee buena suerte.

Comprar billetes de lotería es la forma más decadente de ser optimista. Siempre he considerado que los que compran lotería son gente incapaz de cumplir sus sueños, gente que asume que no sirve para nada y no pueden ganar dinero de otra forma que no sea a través de un golpe de suerte. La gente que realmente vale no deposita sus esperanzas y sus sueños en el azar, no esperan a que les toque algo para hacer lo que quieren con su vida. Simplemente hacen con su vida eso que quieren que sea y no esperan que una entidad superior con forma de dinero les dé la libertad de irse a Japón, dejar a su mujer o comprarse un coche. Además, eso de desear cosas materiales es de mediocres sin aspiraciones. En definitiva: comprar lotería es de cobardes y yo estoy siendo un cobarde y me odio por ello.

-Ponme dos euromillones.
-Pues son cuatro euros, majo.
-Aquí tienes.
-Gracias. Buena suerte.
-Gracias.

Meto el boleto en la cartera y me guardo la buena suerte. Tengo que ir a Sol, allí he quedado con una amiga de Valencia que ha venido a Madrid para ver un concierto. Me avisó por Facebook de que iba a venir y me preguntó si quería comer con ella. Accedí porque al fin y al cabo no tengo nada mejor que hacer en Madrid, a decir verdad no sé lo que hago en Madrid. No sé qué hago con mi vida. Se supone que he venid a buscar trabajo. De vez en cuando busco ofertas de empleo, echo currículums en sitios que me interesan, pero casi nunca me llaman, y si lo hacen me ofrecen contratos miserarables y desearía patearles a todos la cabeza.

El otro día recibí una llamada de una de esas ofertas:

-Hola, te llamamos por tu solicitud de empleo en nuestra empresa Pepito de Los Palotes.
-No recuerdo vuestra oferta, al día echo unas 50 solicitudes y no las recuerdo todas.
-Pues te explico, somos una empresa de comunicación que nos dedicamos a llevar la administración de redes sociales a empresas. Hemos visto tu perfil y reúnes las características necesarias para las vacantes que tenemos. ¿Estás interesado?
-Por supuesto.
-Tenemos tres puestos de trabajo como Community Manager. Te comento cuáles son las tres ofertas y nos dices cuál es la que más te interesa. Tenemos una oferta en Valencia, cuyo salario sería de 220 euros al mes, para una empresa de cítricos. Tenemos otra en Barcelona, con un salario de 200 euros al mes. Y también tenemos otra con la cual podrás trabajar desde casa para una agencia de publicidad y esta no remunera pero te da la posibilidad de formarte y te ofrece clases gratuitas de un cursillo de posicionamiento web. ¿Cuál te interesa más?

Me quedo pensativo escuchando. No doy crédito a lo que escucho.

-Pues verás, no me interesa ninguna.
-¿Nos podías decir los motivos por los que no estás interesado?

¿Qué le diga por qué? ¿Es que no es obvio? ¿Qué puta pregunta es esta? ¿Se están riendo en mi cara?

-Pues verás, la oferta está muy bien, cobrar doscientos euros al mes está muy pero que muy bien y si tengo que irme a Barcelona sé que una habitación cuesta al menos 300 euros al mes. Pero no importa, es un trabajo que si lo compagino con pedir por las tardes en las iglesias y luego escarbando en la basura podría ganarme la vida muy dignamente. Por cierto, esa empresa de comunicación la conozco, sé que por cada trabajo que hacen cobran no menos de dos mil euros. ¿No se les cae la puta cara de vergüenza por tratar de contratar a alguien por 200 euros? ¡Iros a la mierda!

Y colgué.

Cojo el metro hasta Sol. No veo a Begoña. Le mando un whatsapp.

-Estoy debajo de la estatua de Carlos III.
-¿De quién?
-La del caballo.
-Ah vale, ya te veo.

La veo levantar la mano a lo lejos. Nos saludamos. Apenas nos conocemos, nos habremos visto unas seis o siete veces en toda nuestra vida. Nos conocimos en la peor discoteca existente de Gandia. Lo raro es que yo no sé qué hacía allí ni ella tampoco, a ninguno de los dos nos gustaba esa música pero comenzamos a hablar y nos agregamos a las redes sociales y ahí se quedó la cosa. De vez en cuando nos encontrábamos cuando salíamos y nos saludábamos, hablábamos un rato y adiós.

Nos vamos a una pizzería. Bebemos cerveza y comemos pizza. Parece un buen plan. Me cuenta todo lo que hace con su vida, le pregunto cómo le va con la fotografía, me habla de sus planes a corto y largo plazo. Su aspiración en la vida es ganar dinero para ir a conciertos. Me cuenta que una vez conoció al cantante de no sé qué grupo y que era un tipo muy majo, que se emocionó mucho y que era una persona muy normal porque se sentó con ellos a tomar una cerveza. Luego me habla del día que conoció al batería de otro grupo superfamoso cuyo logo tiene tatuado en el brazo. Bromeo con ella y le digo que es una groupi. Ella se molesta, pero sigue hablándome de los cantantes y actores con los que se ha cruzado, parece muy emocionada y me dice los planes que tiene para conocer a todos sus ídolos y hacerse una foto con ellos. Me enseña una foto que acaba de hacerse con una actriz de poca monta con la que se acaba de cruzar por Madrid. La ha subido a Facebook y todo el mundo está dándole a “me gusta”. Tiene unos dos mil y pico amigos en Facebook, le pregunto si los conoce a todos y me dice que no, que ella los acepta y ya está, pero que de vez en cuando le agrega algún salido al que borra. Le digo que no me extraña, que con las fotos provocativas que pone enseñando las tetazas lo que menos le añadirán son santitos e hijas de la caridad. Parece no gustarle mi comentario, no sé si debería habérselo dicho.

Ella sigue hablando y hablando todo el rato. Habla de sí misma, de su mundo virtual, de sus amistades de Facebook, de que el otro día un amigo agregó una cosa y entonces ella le comentó que no sé qué no sé cuantos. Todo lo que dice es paja, pero no pasa nada, a veces hay que rellenar las conversaciones de paja para ir tirando, aunque se está pasando.

Me doy cuenta de que sólo habla de sí misma. Ni siquiera me ha preguntado cómo estoy, ni qué hago en Madrid, ni a qué me dedico, ni cómo son mis días; absolutamente nada. Pienso que en realidad le da igual estar conmigo. Por una parte agradezco que no me pregunte porque estoy harto de contestar a esas preguntas, pero por otra me siento como un entrevistador haciéndole preguntas a una persona que se cree una estrella del rock.

Le sugiero que nos vayamos a otro sitio a tomar cervezas. Pasamos por delante del Reina Sofía y le digo que podríamos entrar, me dice que no es mucho de museos, que no le gustan.

Seguimos caminando. Pienso por qué una persona no tiene ningún interés no por los museos en sí, sino por lo que hay dentro, no se puede ser tan fanática de la música y despreciar cualquier vertiente de arte. En realidad no entiendo cómo se pueden tener veintipico años bien entrados y tener una cabeza tan hueca, pero si se lo dijera se enfadaría y no hay que ser tan sincero si quieres saber convivir con el resto de la humanidad. Una vez leí un tweet que decía: “Tener cerca algo grande y no percatarse, eso es mediocridad”. Al fin y al cabo quién soy yo para juzgar a nadie ni para decirle lo que le tiene que gustar, que a mí me guste un museo no significa ni que soy mejor, ni peor, y burlarse de la gente que no tiene ningún interés en nada no me hace mejor persona, sino me hace parecer más soberbio, más pedante y un indeseable que se burla de la clase media que no entiende el arte.

Luego pasamos por delante de una librería y le digo que esa librería está muy bien, que ahí he encontrado libros que llevaba buscando toda la vida y no veía en ningún sitio, ni siquiera en Internet, y me dice con total descaro que no no le gustan los libros, que no le gusta leer.

Soy bueno siendo cínico y disimulando disgusto, pero no puedo evitar quedarme mirándola fijamente y sin comprender cómo se puede hacer tanto alarde de ser cateta y no tener la más mínima vergüenza de ello.

Trato de relajarme. Pienso que no pasa nada, hay gente a la que no le gusta eso y puede ser igual de válida. Siempre digo que mi abuela es analfabeta y probablemente sea una de las personas más sabias que conozco. Así que no hay que ser elitistas y pensar que si no leen son tontos. Lo que pasa es que me da realmente pena que pudiendo hacerlo no lo haga. Podría decir que me da asco y todo eso, pero no; es pura pena. Me gustaría que leyera o que el sistema de educación de este país le hubiese despertado ganas por hacerlo. Pienso que la gente que no lee está perdida.

¿Podría rescatarla? ¿Podría hacer algo por ella o ya es demasiado tarde? La miro y pienso que tiene buen cuerpo. Tal vez si me la follara podría contagiarle algo de mi genialidad. Pero debería correrme en ella sin condón, pienso que con mi semen mágico la recuperaría y le haría ser una persona válida. Así que si me la follo sólo es para curarla. Estoy seguro que la única forma posible de hacerlo sería así. Sí, sí, sin duda eso servirá.

-¿Y entonces qué piensas? -me pregunta.
-¿Qué pienso de qué?
-¿Me estabas escuchando?
-Sí, pero estaba mirando la librería ¿Qué decías?
-Del tatuaje que me quiero hacer.
-¿Qué tatuaje?
-Coño, te lo acabo de decir. Estás en las nubes. Que quiero tatuarme el nombre de Aida en la muñeca. Es mi serie favorita.
-¿De Aida?
-Sí, no sabes lo importante para mí que es esa serie.
-Pero podrías tatuarte mil otras cosas antes que una serie.
-¡Pero si tengo tatuado un dibujo animado! ¿Qué más da? ¿Te crees que no voy a hacerme un tatuaje de una serie?
-No sé, es que es una serie, no creo que sea importante.
-¿Te va a doler a ti? ¿No verdad? Pues ya haré lo que yo quiera.
-Pero no sé, es como si te hicieras un tatuaje del informativo de la noche, o de la predicción del tiempo. Es un tatuaje de algo de la programación televisiva y ya está.
-Déjalo, anda, no me vas a convencer.

Quedan cuatro minutos para que pase el siguiente metro. Hemos estado en la Gatoteca, pero no hemos entrado, simplemente quería hacerse una foto en la entrada para subirla a Facebook. Ahora todos sus amigos le dan a “me gusta”. Está contenta, no deja de leerme los comentarios que le hacen en voz alta. Me está aburriendo. Me apetece irme.

-En realidad a mí sí que me puede doler también aunque te hagas tú el tatuaje -le digo.
-¿Por qué? ¿Por verlo?
-Exacto.

Vamos a una cervecería y su monólogo sigue igual. Todavía no me ha preguntado nada de mí. A veces no me molesta que no me pregunten nada de mí porque yo soy el interesado en saber más de otra persona, o porque cuentan cosas interesantes y les tiro de la lengua. Pero en este caso todo lo que me cuenta me parece una mierda.

En cierto momento me dice que ese sitio es una porquería, que está muy sucio. Me señala al techo y me muestra una telaraña que está al lado de lámpara. Le digo que yo no me había fijado en eso, que no suelo mirar la suciedad de la lámpara de los sitios. El local está regentado por unos indios y es la segunda vez que voy con alguien y me dicen que está sucio.

Llego a la conclusión de que soy incapaz de ver la suciedad del mundo. A mí me gusta ese local porque son unos indios inadaptados que colocan relojes de la princesa Disney en su establecimiento y el hecho de que eso ni nada tenga sentido me encanta.

Me excuso ante ella. Le digo que tengo una visita en casa de gente que tiene que venir a ver el piso para vivir en la habitación que alquilo. Le deseo que le vaya bien en el concierto y que lo disfrute. Nos damos dos besos y nos decimos adiós.

Bajo desde Sol hacia la plaza de Jacinto Benavente. Me cruzo con el actor que interpreta a Mauricio Colmenero en Aida. Recuerdo que durante la comida Begoña me ha dicho que si se hiciera una foto con uno de los de Aida lloraría de emoción. Sólo han pasado cinco minutos desde que nos hemos despedido pero le escribo un Whatsapp y le digo que me acabo de cruzar con Mauricio Colmenero y que está subiendo por la calle Carretas. Ella se entusiama y dice que lo va a buscar. Le digo que yo sigo mi camino hacia casa, que tengo prisa.

Llego a casa y miro Facebook. Ha puesto un estado que dice “he estado buscando a Mauricio Colmenero y no lo he encontrado. Estoy llorando de rabia”. Tiene muchos “me gusta” y mensajes de apoyo de sus “amigos”.

Me siento tranquilo al librarme de ella. No debería hacer cosas que no me gustan hacer. Debería pensar las cosas antes de hacerlas pero tampoco quiero razonar todo porque le quita la pasión.

Se me abre una ventanita en el Facebook de una compañera del cursillo de narración que estoy haciendo. Allí nos apuntamos muchas personas de todo tipo, nos leemos los relatos y opinamos sobre lo que hacen los otros con una perspectiva constructiva.

-Hola Humbert Humbert -me dice.

Sonrío. Siento que a veces el mundo sí brinda excepciones a la sinrazón y a lo mágico. No todo está perdido. Afuera hace mucho viento que golpea la puerta y las ventanas.

Son casi las 23 horas. Ya han hecho el sorteo del Euromillón pero no me apetece comprobar si me ha tocado. Prefiero fantasear con la idea de tener un billete premiado en el bolsillo y que ese boleto no me hará cambiar nada de lo que hago en la vida porque estoy haciendo lo que quiero y lo que me gusta.

Están llamando a la puerta. No sé quién puede ser a estas horas. Vuelven a llamar insistentemente. Me levanto a abrir y grito “¡Ya voy!”. No veo a nadie por la mirilla.

Entorno la puerta un poco para ver si hay alguien, pero el viento sopla tan fuerte que ha abierto la puerta bruscamente.

viernes, 4 de abril de 2014

La patria del espejo

Foto: Mario Zamora

La bandera espejo es la mejor bandera que he visto nunca. Desde que supe que existía quedé fascinado por el hecho de que a alguien se le ocurriese un concepto así.

Su localización no es casual, está justo al lado de Colón, donde se aloja la bandera de España más grande del país, y está expuesta en el patio interior de la embajada de Francia, a muy pocos metros de una bandera francesa.

Foto: Mario Zamora

La bandera forma parte de la exposición Horizon, en el Instituto Francés, en la cual se pretende explorar los límites de la fotografía jugando con las luces y estableciendo una conexión entre el Mar Cantábrico y el Mar Mediterráneo, para ello hay dos proyecciones situadas al fondo de la sala con un streaming en directo de ambos mares contraponiéndose. En ella también podemos ver un conjunto de cuerdas atadas en los pilares de la embajada de Francia generando tensión y bajo ellas una disposición de sillas en círculo donde el público puede participar para aportar su visión al taller.