Carla está mal. Está llorando en
casa. Su madre le acaba de decir que es una puta. ¿Su delito? Le ha
dicho que quiere pasar el fin de semana con un chico que
conoce desde hace unos meses y con el que habla a diario, que se
gustan, que se atraen y con el que está ilusionada. Algo normal a
sus dieciocho años.
La madre quiere encauzar a una hija
descarriada que quiere aventurarse demasiado pronto en el temible
mundo del sexo. Es normal: ella se casó virgen tras cinco años de
noviazgo. Se cree moralmente superior por eso. Le repite una y otra
vez a su hija que ella “se hizo respetar” para inculcarle su
propio concepto de honor y respeto. Lo que ella no sabe es que su
hija hace años que dejó de ser virgen. Comenzó a salir con chicos
a los dieciséis años y a mantener relaciones con ellos. ¿A quién
no le puede la curiosidad por probar a esas edades? Algunos
considerarán que es demasiado pronto, pero cualquiera que se
recuerde a sí mismo con esa edad sabe que la curiosidad y las ganas
eran incluso mucho mayores que cuando eres adulto porque se le añadía
el factor morboso de lo prohibido.
